Esta es una de esas historias reales de adopción que te hacen creer en los finales felices. Y es que nunca imaginé que una caminata casual al refugio de animales cambiaría mi vida. La vi acurrucada en una esquina, temerosa, con unos ojos grandes que pedían cariño. Ese fue el instante exacto en el que supe que no podía dejarla ahí. Mina no solo se convirtió en mi primera perra adoptada, sino en mi mejor compañía durante los momentos más difíciles y felices que estaban por venir.
Un deseo que siempre estuvo ahí
Desde pequeña, siempre quise tener un perro. Mis padres lo sabían bien, pero con ambos trabajando y yo siendo aún una niña, no podíamos hacernos cargo de uno como se merecía. Aun así, el deseo permanecía latente… hasta que un fin de semana cualquiera, sin buscarlo, sin planearlo, todo cambió.
Solíamos ir a un chalet donde, cerca, había un refugio. Una de esas veces, algo distinto se sentía en el aire. Mi padre me propuso ir a ver los perros, con una recomendación clara: elegir al primero que me llamara la atención, para no romperme el corazón viendo a todos. Él sabía bien lo que era recoger animales abandonados; había llegado a tener seis perros rescatados al mismo tiempo.
La elección inesperada
Recuerdo que en un principio me fijé en otra perrita. Pero fue mi padre quien, con su intuición y experiencia, me señaló a ella: a Mina. Pequeñita, casi frágil, pero con una mirada que decía mucho más que lo que cualquier palabra podría haber expresado. A veces uno no elige, simplemente lo siente. Y así fue.
La adopción fue rápida y sencilla. Solo tuvimos que esperar un día para que le hicieran un chequeo. Al día siguiente, nos encontramos con uno de los chicos del refugio en un veterinario cercano. Allí estaba Mina, rodeada de gente, recibiendo cuidados, vacunas, el chip… y lista para venir a casa con nosotros.
El miedo, los mimos y el comienzo de todo
Mina llegó siendo apenas un bebé, y con un miedo profundo. Lloraba por las noches, no dormía bien. Le tenía un temor inexplicable a la cocina; no se atrevía a entrar salvo para comer o beber, y eso solo si estaba vacía. Respetamos su espacio y su tiempo. Ese miedo la acompañó casi toda su vida: no desapareció hasta que tenía unos 9 o 10 años.
Pero también era una perrita tremendamente cariñosa, juguetona, alegre. Pronto comenzó a sentirse segura, a confiar. Aprendió a dar la pata, y no tardó en usarla para pedir comida con toda la ternura del mundo. Le encantaba tomar el sol, y los fines de semana en el campo eran sus momentos favoritos. Corría libre, feliz, sabiendo que ese era su lugar.
Una hermana peluda
Estar con ella era una forma de meditar. Podía pasar horas observándola, acariciándola, compartiendo silencios. Mina llegó justo cuando más la necesitaba. No era solo una perra, era mi hermana, mi compañera constante. A su lado, mi amor por los animales creció de una forma que nunca imaginé. Ella me enseñó a mirar más allá, a respetar los tiempos del otro, a acompañar sin exigir.
Se llevaba bien con casi todos los perros, aunque también sabía ignorar con elegancia a quienes no le inspiraban confianza. Era lista, increíblemente lista, pero el miedo a veces la contenía. Aun así, su nobleza, su paciencia y su dulzura se imponían siempre.
Su despedida y lo que queda para siempre
Mina nos dejó en 2018, con 17 años. Una vida entera de recuerdos, de aprendizajes, de amor incondicional. No hay día en que no la recuerde, y siempre lo hago con una frase que se ha quedado tatuada en mí: “See you again.”
Aún hoy, cada vez que adopto como a mi actual galga, también en condiciones difíciles, pienso en ella. En lo que significó, en lo que me enseñó, en cómo transformó mi vida.
Un mensaje desde el corazón
Si estás pensando en tener un perro, no compres ¡adopta! Y no te fijes en razas o modas. Fíjate en el que más lo necesite. Hay miles de animalitos esperando un hogar: desde cachorros hasta viejitos, y todos merecen una oportunidad. Y créeme que, cuando la das, la vida te devuelve mucho más de lo que podrías llegar a imaginar.
En Pawify.org apoyamos la adopción responsable y te queremos ayudar a encontrar ese peludito especial que al igual que Mina puede cambiarte la vida. No lo dudes y echa una ojeada a todos los peluditos que esperan una familia en nuestra plataforma.
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Comentarios
Bonita historia! Que bien que estuvo tantos años con vosotros, seguro que le disteis la mejor vida posible. Los perros rescatados si bien pueden ser un reto, también te van a querer con todo su ser, por no hablar de lo importante que es darles una vida más digna que la que tuviesen antes de ser rescatados. Un abrazo muy fuerte
Buenos días,Mercedes!
Jo, se me han saltado unas lagrimillas al leer tu historia. Tiene un enorme valor lo que hiciste con tu perrita Mina. Supongo que es muy duro y difícil sacar adelante a un perro que tiene tantos traumas pasados pero creo que la clave está en darles cariño y hacerles sentirse uno más de la familia. Imagino que la echas muchísimo de menos pero siéntete afortunada de los 17 años que has compartido con ella .
Un abrazo y gracias por compartir está historia de vida tan bonita.
Que bonita historia Mercedes, nosotros pasamos por una muy parecida y hay que ver lo mal que se queda uno cuando se van, tanto es asi que no pensabamos en tener mas perro, pero llegó a nosotros otro perrito que se murio su dueña y le iban a llevar a un centro de adopción, nos dió tanta pena que hoy le tenemos en casa al sinvergüenza de él. Es cariñoso, listo, de todo, y nos hace compañia porque somos un matrimonio solo, mi hija cuando viene esta encantada con el tambien. Gracias Mercedes por contarnos esa historia tan bonita y animar a la gente a la adopcion. Un saludo
Srta. González como siempre me encanta sus publicaciones son muy interesantes e impactantes ¡qué maravillosa tuvo que ser Mina, descanse en paz en el cielo de los perros y demás animales!. Yo tuve con 15 años un pastor alemán cruzado con loba, era de la perra de los bomberos de un parque al lado de mí casa, a mí me encantaban los perros y me ofrecieron que darme con uno de los seis que tuvo y vaya si me lo quedé, mí madre puso el grito en el cielo, pero cedió y luego, le daba el biberón, le calentaba la carne picada, le tenía como un señorito, le puse Nico, era precioso, pero a los 6 meses era muy grande, mis padres eran muy mayores y yo estaba estudiando, total, que me obligaron a buscarle algún amigo que lo quisiera y al final un amigo del barrio dijo que se lo llevaba al chalet, siempre me decía como estaba Nico, hasta que un día, me dijo que entraron a robar al chalet y le envenenaron con carne, que pena me dió, lloré mucho, además me echaba la culpa por habérselo dado. Esperando otra publicación suya se despide de usted atentamente Mar.